

BLOG SOBRE LA NBA EN GENERAL Y LOS CLEVELAND CAVALIERS EN PARTICULAR

Si antes de comenzar la temporada alguien nos hubiera dicho a cualquiera de los aficionados de los Cavs que ocho meses después el balance sería caer eliminados en las finales de conferencia probablemente nos hubiéramos dado con un canto en los dientes. Yo mismo, en el análisis de pretemporada que puede leerse en este blog pronostiqué como mínimo la final de conferencia añadiendo que, a partir de ahí, cualquier logro sería un éxito. Y mi pronóstico fue de los más optimistas a la vista de la mayoría de análisis realizados por la prensa especializada norteamericana ver por ejemplo el realizado por John Hollinger para espn.com y, por qué no decirlo, de los comentarios que suscitó aquel post entre los fieles y entendidos seguidores de este blog.
El valor numérico de esta razón, que se simboliza normalmente con la letra griega “fi” es:
Estamos por tanto ante un número irracional con infinitas cifras decimales sin que exista una secuencia de repetición que lo convierta en un número periódico. Es imposible por tanto conocer todas sus cifras.
En la relación entre la altura de la gran pirámide de Keops, y cada uno de sus lados.
En la relación entre las partes, el techo y las columnas del Partenón en Atenas
En las relaciones entre altura y ancho de los objetos y personas que aparecen en las obras de Miguel Angel, Durero o Leonardo Da Vinci y especialmente en el Hombre de Vitruvio de Leonardo.
En las estructuras formales de las sonatas de Mozart o en la quinta sinfonía de Beethoven.
Y también en lugares mucho más vulgares como por ejemplo en la relación entre el alto y el ancho de un libro, una cajetilla de tabaco, una tarjeta de crédito o el DNI.
Lo expuesto hasta aquí puede no resultar muy sorprendente si asumimos el hecho de que el hombre, desde el principio de los tiempos, ha intentado representar la belleza a través de la armonía de las cosas. Lo realmente extraordinario es comprobar que la proporción aurea se revela de forma absolutamente natural en lugares insospechados, y al margen de cualquier acción o intervención humana. Por ejemplo:
En la relación entre la cantidad de
abejas macho y hembra en un panal.
Ni siquiera el cuerpo humano es ajeno a la proporción mágica. La relación entre la altura del ser humano y la distancia desde su cabeza hasta el ombligo, la relación entre la distancia del hombro a los dedos y del codo a los dedos, la relación entre la altura de la cadera y la altura de la rodilla, la relación entre el diámetro de la boca y el de la nariz o la del diámetro externo de los ojos y la línea inter-pupilar, por citar sólo unos pocos ejemplos se aproximan de manera increible a phi. Incluso los ventrículos del corazón recuperan su posición de partida en el punto del ciclo rítmico cardiaco equivalente a la razón áurea.
A la vista de lo expuesto no es de extrañar que tan misteriosa proporción se haya identificado frecuentemente con la idea de Dios. El primero en adornar con el adjetivo divino al número áureo fue el monje italiano Fray Luca Pacioli, quien justificó tan alto honor basándose en diversas razones:
Y ya que estamos hablando de divinidades y entrando en asuntos más propios de la temática de este blog la noche del tres de febrero de 2009, en el Madison Square Garden de Nueva York, Dios volvió a disfrazarse de jugador de baloncesto y con la forma humana de Lebron James protagonizó sobre el parquet una actuación prodigiosa. Lo saben las 19.763 almas que presenciaron in situ el encuentro. Lo saben también los millones de personas que lo vieron, en directo o en diferido, a través de la televisión o en la pantalla de su ordenador. Pero aquellos que no lo han visto ni lo van a ver jamás no lo olvidarán nunca porque la obsesión de la NBA por la estadística resumirá para siempre lo que aconteció esa noche en una sucesión de cifras que perdurarán en la memoria colectiva del baloncesto para asombro de las generaciones venideras: 52, puntos, 9 rebotes, 11 asistencias 2 tapones y 3 pérdidas de balón en 44 minutos de juego, un triple doble monstruoso, convertido después en doble doble estratosférico por mor de una corrección estadística.
La noche del tres de febrero de 2009 Lebron James fue, al igual que el número áureo, único, inconmensurable y omnipresente en la trinidad de la canasta, el rebote y la asistencia. Su actuación fue, de algún modo, la de un ser divino.
A estas alturas los que me conocéis sabéis perfectamente que este artículo no va a terminar sin que mi retorcida mente relacione de algún modo los dos asuntos que han ocupado estas líneas.
Y, en efecto, la mayoría de vosotros ya habrá adivinado cual es la conclusión a la que quiero ir a parar…
52 + 9 + 11 + 2 – 3 = 71 …
… conclusión que no por ser previsible resulta menos inquietante…
71 / 44 = 1,61
En 1984 el escritor norteamericano Jay McInerney publicó la novela “Bright lights Big city”, desafortunadamente traducida al castellano como “Luces de Neón”. McInerney había tomado prestado el título de la canción compuesta en 1961 por el extraordinario bluesmen Jimmy Reed y versionada después por otros muchos artistas, entre ellos los Rolling Stones. En ella relata la historia de un escritor frustrado que se gana la vida como corrector de estilo en un diari
o neoyorkino. Asqueado de su trabajo, abandonado por su mujer, y peleado con su familia gasta sus noches recorriendo los clubs y discotecas de moda de Nueva York en busca de fiestas, mujeres, alcohol y cocaína. McInerney sitúa la acción en los años dorados de la cultura "yuppie", una época en la que ejecutivos, modelos, drogadictos y busconas cruzan sus caminos en las noches de una ciudad que engulle despiadadamente sus almas. Nueva York aparece retratada como un gigantesco imán de vanidades, un escenario vacuo en el que conseguir que el portero te deje pasar al club de moda equivale a lograr el reconocimiento social. 
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